martes, 26 de diciembre de 2023



 

Los goznes de un vals

Allá por diciembre de 2004, habíamos salido con Mirta de joda de mujeres por el fin de semana. Por ahí cerca nomás, ya no me acuerdo si al Norte o al Oeste. O no me quiero acordar, quién sabe. Fuimos a una fiesta, una de esas de pueblo para elegir la Reina del Tomate, o de la Manzana Verde, o la del Postre Balcarce. No podían faltar la feria, el chupi y el morfi mezclado con chacarera o chamamé. Tampoco faltaban los levantes.

    En un puesto de salchichas, conocimos al Cowboy. Lo llamamos así porque llevaba un sombrero de ese estilo y actuaba como un Paul Newman de las buenas épocas. Con él, estaba un morochazo de acento salteño, camisa abierta sobre el pecho oscuro y lampiño. Se nos unió otro fulano, del que sólo supimos que era camionero, y cuya sonrisa desmentía su amenazadora desmesura. Con los últimos ecos de la fiesta, se ofreció a llevarnos de regreso a Capital; tengo que ir hasta allí a ver a mi nona, dijo. Si era cierto o no, poco importaba. Nos llevaría gratis, así que agarramos viaje.


Estacionamos a un costado de la ruta, delante de un parador de forma hexagonal, donde el techo se curvaba como el de una pagoda china. Sus puertas y las molduras de hierro eran blancas, con vidrios de colores. Adentro había un mostrador como los de pulpería, que en el medio tenía rejas también blancas, que iban hasta el techo y además separaban a los clientes.

    Detrás alcancé a ver el rostro de una chica medio en sombras. El Cowboy golpeó a la puerta. De adentro venía una música de kermesse, tal vez una radio estaba transmitiendo el final de la fiesta del pueblo del que veníamos.

    La chica vestía un pulcro delantal blanco estampado con rayas mostaza y verdes. Llevaba el pelo cuidadosamente trenzado. Había algo ausente en su modo de mirarnos. Hizo un gesto casual.

    —Hoy no atendemos.

    —Haga una excepción —dijo el camionero, sonriente—. Algo rápido.

       La chica asintió, con aire triste.

    Al entrar, el Cowboy sujetó la puerta con una piedra, para que quedara abierta y entrara el aire fresco. Hacía falta, el lugar olía a encierro.

    La chica subió unas escaleras que yo no había visto. Desde arriba nos llegaba un tenue resplandor, pero desde donde estábamos no veíamos ninguna lámpara. Mirta se dedicó a lustrar con los dedos las rejas de la barra.

    Mientras esperábamos, en el silencio de nuestro aburrimiento, lo único que oíamos era el leve chirrido de los dedos de Mirta subiendo, bajando y envolviendo una de las rejas.

    La chica volvió, con una maletita en la mano. Y nos sonrió, detrás de la barra y de las rejas. Nos puso unos botellones de vino y nos preparó unos bifes con ensalada. No hacía falta que los llevara a la mesa, comeríamos en la barra.

    Por parecer indiferente o para cortar el silencio que se estaba volviendo incómodo, le pregunté a la chica si hacía mucho que trabajaba allí. Asintió.

    —Me llamo Kitty —dijo. Tenía una voz apagada, triste.

    —Nombre bien criollo —murmuré para mí misma, sin hacer mucho caso a las manos del camionero, que ya me estaba sobando la espalda y el culo.

    El Cowboy se había puesto a jugar con el pelo rubio de Mirta.

    El ambiente empezaba a ponerse más interesante. El salteño miraba fijamente a la chica del mostrador, con una sonrisita algo irónica. Había quedo solo, mirándonos detrás de su jarro de vino.

    El camionero me susurró algo al oído y se fue al baño. Mirta seguía acariciando las rejas de la pulpería con los dedos, mientras el Cowboy la apretaba desde atrás, susurrándole algo. Ella parecía más interesada en las rejas que en el tipo. O tal vez miraba la caja registradora antigua: le encantaban esas cosas cuando íbamos al Mercado de Pulgas.

    Noté que Kitty la miraba y sonreía, tal vez adivinando la trayectoria de la mirada de mi amiga, tal vez al oír la insustancial charla de ese varón en celo en sus torpes intentos de seducción. A qué se gastaba tanto ese tipo, si ya sabíamos donde íbamos a terminar. Yo comía el bife, bastante insulso por cierto, mientras esperaba al camionero, que se demoraba en el baño. Me entretuve en contemplar la pulpería. La forma hexagonal se repetía en el interior. Las maderas de la barra se repetían en las mesas; las ventanas tenían molduras y sus vidrios eran vitrales. El piso era de cerámico, no recuerdo el color. En las paredes había fotos viejas, como de principios del siglo veinte o aún daguerrotipos del siglo diecinueve. Todo más pulcro que un museo. Las paredes también eran de madera, pero pintadas de blanco. El sitio parecía más inglés que criollo.

    Las voces se fueron apagando. Un chirrido como hamaca, me recordó a una calesita desvencijada, empezó a dominar el ambiente. Y me encontré mirando a Kitty que salía por la puerta camino a la ruta. Noté que su ropa también era de época: un vestido blanco lleno de volados debajo del delantal. Su trenza contrastaba contra la tela clara del vestido. Y la maletita también se veía antigua.

    El camionero regresó y me distrajo de ese ensueño con su contundente, imperativa presencia.

    —Arriba hay cuartos —me escupió vino al oído.

    Volví a oír la radio —no me había dado cuenta de que la habían apagado—. Sonaba ahora una música suave, bastante antigua, un valsecito criollo o algo así.

    Me sacudí la modorra de encima: claro, a eso habíamos ido, a tirarnos canas al aire. Dejé que el camionero me llevara escaleras arriba hasta una sala con una mesa grande de madera cuya tapa de vidrio transparentaba granos de diversas clases. A falta de cama, eso serviría. Poco convencional y, por eso mismo, prometía diversión.

    Estábamos en los preliminares, cuando oímos un portazo. El viento habría cerrado la puerta de abajo. Volvió el silencio. Y con el silencio empezó a caer una levísima capa de polvillo sobre todas las cosas, que ahora se veían sepias. La mesa de vidrio fue la única cosa moderna en ese cuarto.

     Voy a ver, nena, esperame acá. No te vayás.

    Negué: no me iba a ir. Percibí algo denso en ese silencio. Oí sólo los pasos del camionero bajando las escaleras: nítidos y precipitados.

    Algo se cruzó por el rabillo del ojo, y di un respingo: se había abierto una puerta interior. Y ahí, en el umbral, había una chica. Muy flaquita, vestida de blanco como Kitty, con medias blancas y ballerinas negras. El pelo también negro le caía en ondas a los lados. Y sus ojos eran pura tristeza. Se me acercó y se sentó en el sillón junto a la mesa de madera y vidrio.

     ¿Kitty se fue, verdad?

    Asentí. Miré hacia la puerta que daba al pasillo. ¿Qué pasaba con el camionero que no volvía?

     ¿Vos no vas a irte, verdad? —la chica me susurró. Su voz sonó tan descolorida como ella misma.

    Oí pasos en la escalera. Giré y vi a Mirta. Jadeaba, abrochándose la camisa.

     El hijo de puta robó el camión. Tiró a la vereda al salteño, que ni así se despertó de la curda. Será puto el Cowboy ese.

    Con la mirada, pedí disculpas a la chica. Vi de refilón su sonrisa triste mientras me acercaba a Mirta.

    Tu amigo el camionero nos está esperando para ir al puesto policial, a dos kilómetros de acá.

    Mirta no advirtió la presencia de la chica flaquita, por alguna razón tampoco se la nombré. Bajamos juntas. El camionero le daba sopapos al salteño para despertarlo.

     No hay un puto teléfono. ¿Tenés tu celular?

Miré mi teléfono móvil.     

     Está fuera de servicio —informé—. Lógico, estamos lejos. No iba a gastar en ponerle roaming, es muy caro. Total… ¿adónde íbamos a llamar? Eso es para ejecutivos o viajantes que llaman a todo el país.

     Hagamos dedo —sugirió Mirta—, alguien nos va a levantar. Son dos kilómetros hasta el puesto policial. Este lugar no me gusta ni un poco. Para mí que esa mina rara se combinó con el Cowboy para robar el camión.

    Se refería a Kitty, a la otra ni la registró.

 Es probable —dijo el camionero, masticando la bronca.

    Sin que los otros se dieran cuenta, dejé en el mostrador el pago de nuestra cena

    Salimos hacia la ruta, demasiado vacía para ser las nueve de la noche. Tampoco recordaba que fuera tan angosta. A lo lejos se adivinaban unas luces. De alguna ciudad, pensé.

    Luego de hartarnos de caminar por la banquina, sin ver ningún puesto policial, llegamos a un pueblo. Por el camino sólo nos habíamos cruzado con un carro de basura tirado por caballos. En la entrada del pueblo había una pulpería muy similar a la que habíamos dejado. El camionero nos dijo que iba a buscar la comisaría, que el salteño y nosotras lo esperásemos en ese local.

    Allí dentro había un solo parroquiano: Kitty. No pareció inquietarse al vernos. Buscamos en los alrededores. Pero del camión, ni rastro.

    Mirta se quedó en el mostrador y golpeteó suavemente una de las rejas tubulares con una mano. Con los dedos de la otra mano hacía movimientos repetitivos sobre una reja plana. Kitty la fijamente, como hipnotizada. Luego pagó, saludó con la mano y se fue.

    Quise seguirla, pero sentí que el cuerpo me pesaba, el cansancio de la caminata me había quitado las ganas de moverme.

    Una mujer apareció atrás de una puerta de vidrio. Era idéntica a la chica flaquita que yo había visto en el piso de arriba de la pulpería que habíamos dejado atrás. Me sonrió, triste.

     No tenemos mucho para ofrecer —comentó, con voz suave—. Sólo agua y un poco de queso y dulce.

    Hambre no teníamos. Un café, si era posible. La mujer hizo que sí con la cabeza y se metió en la cocina. Desde ahí nos llegaba una musiquita, un valsecito otra vez.

    Todo en el local estaba bajo una finísima capa de polvillo. La luz era pobre y daba un matiz sepia. En cambio, las fotos de las paredes eran más recientes: una niña de ojos grandes, muy parecida, caí en la cuenta, a la que nos servía el café; una carreta gaucha con unos bueyes y un gaucho con chiripá y poncho, en pose.

    La mujer de detrás del mostrador me sonrió. Mirta miró para la puerta.

     El camionero no viene. Otro que nos largó en banda. Que lo tiró a los hombres.

     Ya viste cómo son en la cana: deben estar haciéndolo esperar en la comisaría.

     Psé. A lo mejor. Igual ese te tiene ganas a vos.

    Nos reímos. La caminata al aire libre nos había despejado la curda.

     Después de todo, no estaba tan bueno —dije—. Seguro que encontró otra mina y se la tiró por ahí.

    Me sentía demasiado cansada como para indignarme. Sólo unas palabras para mantener a salvo la dignidad, con un adecuado fruncir el ceño y un gesto escéptico.

    El salteño no prestaba atención a nuestra conversación. Miraba por la ventana. Los vidrios de colores volvían todo borroso. Había ahí un animal. ¿Un perro? Sí, un perro casi tan grande como un caballo. Negro. Era uno de esos mastines de campo, que mejor no te agarre caminando sola: ni a piedrazos los alejás. ¿Qué inquietaba al salteño, sería el perro? No parecía del tipo de hombre asustadizo.

    El perro nos miraba con el morro pegado al vidrio de la ventana. Recién entonces vi que a su lado había un hombre vestido de blanco, con un gorro de cocinero. Le sobó el lomo al mastín y entró. Tenía el rostro apergaminado, también muy flaco, de manos huesudas. Le clavó los ojos al salteño. Este le devolvió la mirada, en silencio. El mastín entró detrás, y olisqueó al salteño, al que fue arrinconando contra la barra.

     Su pedido, señoritas —dijo la mujer de la sonrisa triste.

    Mirta salió de su ensueño y pagó la consumición. El café sabía a rancio, demasiado amargo. Lo dejé ahí, en la taza. Mirta, haciendo ascos, lo bebió. El tipo de blanco se interpuso entre nosotras y el salteño.

    Sumidos en el cansancio, callamos.

    El salteño nos hizo una seña de que saliéramos.

    El tipo de blanco apoyó una mano en el hombro de nuestro compañero y lo sacó fuera. El mastín lo siguió y se echó en el suelo, delante de la puerta. Mirta se dispuso a seguir a los dos hombres, pero el mastín le gruñó. Toda negociación parecía imposible ante los persuasivos colmillos de aquel perrazo negro.

    Mis pies se negaban a trasladarme. Volví la mirada hacia la mujer triste. La luz del local titiló, y la tensión bajó, trayendo un poco más de sombras.

     Kitty consiguió irse —la oí susurrar. Parecía estar hablando sola, me limité a escucharla—. Ella se fue —insistió—. Pudo irse.

    Inclinó la cabeza, y entonces me pareció encontrarme ante una figura frágil, de cristal. Incluso por momentos la percibí translúcida. Un efecto de la poca luz ambiente, pensé. Miré alrededor: el perro acechaba en la puerta, Mirta se volvió a sentar en la barra y miró el reloj.

     No funciona. Andá a saber qué hora es.

    Era cierto: mi reloj tampoco funcionaba, y menos mi celular.

    Me acerqué a una de las ventanas: no se alcanzaba a ver la carretera. Ni se podía oír si pasaban coches. El salteño se había sentado afuera en una silla, la cabeza le caía hacia atrás, como si se hubiera dormido.

    Vi de nuevo al tipo de blanco, traía una carretilla. Se detuvo junto al salteño, lo levantó y lo depositó en la carretilla. Parecía mentira que ese tipo de blanco, tan flaquito, hubiera podido cargarlo. El salteño ni se despertó, sólo se le ladeó la cabeza. Entonces la vi: una línea oscura atravesaba su cuello y le empapaba la camisa amarilla. Ahogué un grito.

Como respuesta, un gruñido perruno me hizo volver la vista al interior del local. Mirta me miraba, temblando: el mastín, casi tan grande como ella, la aplastaba contra la barra con sus patas delanteras.

La mujer de la sonrisa triste dio la vuelta a la barra y acarició el lomo del animal.

     Dejala tranquila. A la cucha, Negro.

    El animal respondió al influjo de la voz suave de la mujer y salió por la puerta.

 ¿Por qué gritaste? —preguntó Mirta, ya aliviada.

    La presencia de la mujer triste frenó toda explicación. No sabía si sería cómplice del tipo de blanco o no. Esperé a que se metiera en la cocina, y recién ahí le expliqué a mi amiga lo que había visto.

    Mirta se puso blanca como un papel.

     Vámonos —insistí—. Vámonos ya mismo. Este sitio es demasiado tétrico.

     ¿Y el perro?

     El perro ya se fue… —dije.

    Dejé salir a Mirta primero. Caminamos hacia donde recordábamos que estaba la ruta. Doblando por el costado de la pulpería, nos topamos con el tipo de blanco, que traía un bidón en la mano. Mirta sonrió unas disculpas y apretó el paso.

     ¿Ya se van? —dijo él, con una voz grave, incluso agradable.

    Evité mirar su rostro arrugado: esos ojos fijos me desasosegaban.

     Si, ya cenamos —dijo Mirta, tratando de sonreír y parecer serena—. Gracias.

    Por toda respuesta, el hombre silbó.

    Un relámpago oscuro se abalanzó sobre Mirta, tirándola al suelo: el mastín negro le soplaba su aliento sobre la cara.

     Me parece que Negro no quiere que se vayan —sonrió el hombre. Su sonrisa no era tranquilizadora.

     Está bien, no nos vamos —dije.

    Otro silbido, y el perro se apartó.

    El hombre de blanco ayudó a Mirta a ponerse de pie.

    Ella apenas podía sostenerse, sus rodillas chocaban entre sí.

     Bienvenidas a nuestro hogar —dijo el hombre, con una mueca que me sonó a cínica.

    Volvimos a la pulpería y nos sentamos a la barra de nuevo. ¿Dónde estaba el camionero que no volvía?

    El hombre de blanco apoyó el bidón sobre la barra, allí donde no había rejas. La mujer lo recogió con dificultad y lo llevó a la cocina.     

    A falta de otra cosa qué hacer, observé a nuestro... ¿captor?

    Sus pantalones blancos se veían holgados en las botamangas. Incluso parecían volados, no estaba segura. La camisa también era blanca, sin cuello. Por encima llevaba un delantal manchado, con la pechera color mostaza y verde. Igual al de Kitty.

    Los ojos del hombre eran de un gris muy lavado, inexpresivos. Los labios finos eran pálidos y la piel un pergamino. Nos miraba sin expresión, tampoco había amenaza. Tan sólo la seguridad de que le obedeceríamos.

    Con Mirta nos miramos fijo: ¿qué gente era esa?

    Otra vez ese sonido de chirrido de metal, como el que hacen las calesitas viejas.     

    La mujer triste sirvió una copa de vino al hombre de blanco, y ambos se susurraron algo que no alcanzamos a oír.

    Miré hacia la puerta: el mastín, aunque ahora parecía dormir, guardaba la entrada y la salida.

    Gobernar perros no era mi fuerte, así que ni lo intenté

    Quedamos en silencio, comiéndonos nuestro miedo, mientras el aire se llenaba de ese ruido a gozne chirriante.

    El hombre de blanco nos observó detenidamente.

    Ella necesita descansar. —Señaló a la mujer—. ¿Quién de ustedes dos se ofrece a sustituirla?

    Miramos sin entender.

    El hombre acercó una de sus manos huesudas a la cara de Mirta.

 ¿Vos, verdad? Negro te quiere. ¿No vas a desairarnos, verdad?

    Mirta sudaba. Murmuró un sí.

 Sabía que ibas a entender. Seguila, ella te va a enseñar las cosas.

    Me pareció que Mirta iba a llorar. Pero se rehizo y se fue detrás de la barra con la mujer triste.

    Quedé sola con el tipo de blanco.

    ¿Dejarás a tu amiga con todo el trabajo? ¿O la vas a ayudar?

    Miré para afuera, por encima del mastín: una luz muy lejana, como de faros de coche, se acercaba.

    Oí pasos leves a mis espaldas. Me di vuelta. Mirta, con un vestido blanco y un rodete del estilo que se usaba en 1910 o por ahí. Su cara estaba pálida de miedo y las manos le temblaban mientras recogía las tazas y las llevaba a la cocina.

    El coche se acercaba, los faros iluminaron la entrada, el mastín se levantó, ladró y corrió hacia el coche.

    El hombre de blanco había desaparecido. Solo veía la luz de los faros entrando por los vidrios. Mirta…, pensé. ¿Dónde estaba Mirta?

    Las luces empezaron a desviarse y la tenue penumbra a volver. El perro seguía ladrándole al coche. Sentí una presencia a mi lado, me di vuelta: una forma translúcida, vagamente humana, iba solidificándose a medida que las luces se alejaban.

    No lo pensé dos veces: salí corriendo, antes de que el mastín me viera. No tenía tiempo de buscar a Mirta, ya el coche se estaba yendo por la ruta y todo volvía a estar en penumbra. Los ladridos se me acercaban.

    Corrí sin mirar atrás en dirección a las luces. Desde ahí se me acercaba una figura alta, maciza: el camionero. Me abracé a él, señalando al mastín que se nos aproximaba.

     Vámonos

    ¿Y tu amiga?

     Vámonos, por favor. Sin preguntas, después te explico.

    El camionero asintió, y corrimos hasta alejarnos bien del mastín.

    Las luces de la carretera ampararon nuestra caminata, mientras le explicaba al camionero todo lo ocurrido.

    Caminamos en dirección a la Capital, él conocía bien la ruta. Me confesó que nunca había visto esas pulperías en el camino. Que la policía había tomado a desgano la denuncia y que no tenía esperanzas de recuperar su camión.

    Nos pusimos a especular sobre qué clase de locos eran esos de las pulperías. Discutimos si debíamos dar parte del asesinato del salteño y cómo liberar a Mirta de esos locos. Hicimos muchos planes, pero era seguro que sería muy difícil que nos creyeran.

    Me sentía muy culpable de haber dejado a Mirta en aquel lugar. Pero al irme no la vi, me justifiqué.

    Era de mañana ya cuando llegamos a otro pueblo. Había varios cafés, un banco, algunos negocios ya abrían y alguien tenía prendida la radio. Nos dolían los pies; el camionero me invitó a un desayuno.

    Vimos un café bastante bonito lleno de avisos de promociones: desayuno light, desayuno exprés, desayuno clásico. En las ventanas había rejas, como en todos los negocios de esa zona: allí el delito era más que común. Como hacía calor, las ventanas estaban abiertas.

    Desde afuera vi una mano blanca, saliendo de una manga con volados. Con un movimiento repetitivo, hipnótico, acariciaba una de las rejas. La poca luz interior me dejó ver el rostro: Kitty.

    En el aire sonaban el chirrido de una calesita y los goznes de un vals.


(c) Tatiana Carsen, 12 de Octubre 2004. 

 
NOTA: Este cuento fue publicado en la antología New Weird "Pasadizo a lo Extraño" compilado por Teresa P. Mira de Echeverría y donde comparto el espacio con otros escritores muy excelentes. Ese libro fue publicada en 2018 y surgió (otra vez más) de un sueño o pesadilla que tuve. De alli aparecieron los lugares del relato y el personaje de Kitty y el hombre con el mastín. Espero que les haya gustado!

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