martes, 26 de diciembre de 2023

Plato con motivo de bambú (pintura en porcelana)


 Plato playo de porcelana pintado con motivo de bambú, realizado mediante la técnica de aceite abierto o mole y con pinceladas propias del sumi-e.

Se realiza a pedido, con precio a convenir.

Afrontando la tormenta, (acuarela, 2023)


 Realizada sobre papel Fabriano de 300gr, de 25% algodón, con colores marca Reeves y Winston and Newton, utilicé para el cielo, los tonos Gris de payne, violeta, narnaja, verde vejiga, violeta, malva y azul ultramar. Este último con azul cerúleo gris de paye y blanco para las olas, mas el reflejo naranja y amarillo . El barco en gris de payne, sepia y un toque de amarillo de nápoles y blanco.

Tamaño de la obra: 21x16cms.

Pino en el jardín (acuarela, 2023)


 Esta acuarela fue realizada sobre papel Fabriano de 300 gr. de 25% de algodón. Utilicé colores de la marca Reeves y Winston andd Newton, en tonos para el cielo rosa peranente, verde oscuro, azul ultramar, sepia y gris de payne y para los tonos claros, ocre y amarillo limón en la mezcla.

Tamaño de la obra: 21x16cms.

La segunda lengua materna, de Flor Canosa


 Terminé de leer "La segunda lengua materna" de Flor Canosa , editada por Indomita Luz Editorial . Un texto excelente, complejo por sus múltiples referencias aunque sin artificios de lenguaje. un relato donde la alta tecnologia se entremezcla con los sentimientos más primarios, en una forma en la que sorprende. En días donde hablar de IA es lo top, esta novela habla de la virtualizacion de la subjetividad humana y sus inesperadas consecuencias. y digo que solo una mujer podría haber combinado los elementos subjetivos con la "objetividad" científica como lo hace la autora en esta novela sin incurrir en los clichés de la literatura llamada "femenina". Advierto, no es una lectura simple, aunque las notas al pie ayudan y acompañan, pero vale la pena adentrarse en ese extraño y deforme mundo que nos propone Canosa.un mundo frío y pasional a la vez.

Como ruedas como jaulas como comadrejas, de María Eugenia Alcatena

 


Le toca a "Como Ruedas como jaulas como comadrejas", de Maria Eugenia Alcatena y editados por Ediciones Ayarmanot. Es una colección de cuentos muy diversos pero donde los atraviesa la relación con los animales o el entorno natural, que no es el que conocemos aunque se le parezca. Relatos que poseen la cotidianidad extraña de Macedonio Fernández, la inocente brutalidad de un Horacio Quiroga o la crueldad de un Saki. Cuentos para no dormir y que te conducen a preguntarte por los límites de la realidad. Realmente son inclasificables y tributan a las mejores tradiciones del género fantástico rioplatense

Virgen bruja, de Cynthia Matayoshi


 Recién terminé la Virgen Bruja, de Cinthya Matayoshi editada por Ediciones Ayarmanot . Una escritura totalmente onirica, que te lleva a paisajes extrañisimos, todo teñido de una melancolia que se te mete dentro y te da ganas de tomarte alguna bebida blanca. Las relaciones entre los personajes me evocan a Sense8 aunque no por el argumento sino por la intensidad y aleatoriedad en que se dan. El estilo en que narra me remite en algo a Murakami y las imágenes son muy animé y en o...
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La hija del delta, de Alejandra Bruno

 

 


 He leído "La Hija del Delta", escrito por Alejandra Bruno y editado por indomita_luzeditorial excelente escritura, nos habla de un terrible futuro cercano, también del pasado reciente, de la memoria, la identidad, de cómo vemos y nos relacionamos con los otros: como enemigos o como semejantes que nos hacen más humanos al estar juntos. Una lectura en distintas capas, muy opresiva por momentos pero sin cerrar del todo la puerta a la esperanza. Léanla!

1959, de Alejandro Alonso

 


¿Qué decir de este libro recientemente publicado por Ediciones Ayarmanot? Alejandro Alonso maneja de manera muy sutil nuestro idioma, nos hace acompañar los sentimientos del protagonista de este relato de una Argentina que no fue pero pudo haber sido. Lo hace con sobriedad, haciéndonos vivir el valor de los silencios, los secretos que no se pueden o no se quieren contar.

Así es como vamos descubriendo, cómo a través de velos traslúcidos, hechos decisivos. El misterio ante el que nos presentan esos hechos se condensan en la noción de singularidad, dentro de un diálogo hipotético y no menos singular, entre Ernesto Sábato y Juan Domingo Perón.

Así, con ese telón de fondo, seguimos a un Serafín obligado a crecer de golpe en su orfandad, a través de una Argentina donde el peronismo deja su traza con ingredientes distintos a los que nos cuenta la historia que conocemos pero no menos verosímiles.

Es interesante comprobar el respeto con el que Alonso trata temas polémicos, simplemente los esboza, para hacer avanzar el argumento, pero siempre sin recargar tintas.

Eso si, me quede con ganas de más, por que imaginar cofradías de científicos, es una idea muy sugestiva y dispara la imaginación.

Quizá lo único que le criticaría a esta obra es la ausencia de figuras femeninas con trasfondo, las que aparecen son algo, por no decir bastante, estereotipadas. Es algo que no puedo evitar observar, como mujer y desde una mirada feminista. Pareciera como si el propio autor estuviera escribiendo en los mismísimos años '50 en los que transcurre el relato y nos presenta un mundo masculino muy consistente con la época.

Hecha esta salvedad, recomiendo la lectura de 1959, el texto es placentero de leer y el argumento es intrigante. Quiero más de esa Argentina ucrónica que no cae en los lugares comunes distópicos a los que las plataformas de streaming nos tiene acostumbrados.

Sabueso, de Hernán Rodriguez Nimo

 



Debo decir que Sabueso, escrito por Hernán Domínguez Nimo y editado por Luvina Editorial, me atrapó, sobre todo la sensorialidad que transmite el texto. La forma en que narra el mundo cómo lo percibe una persona ciega, es muy interesante, se detiene en detalles muy cotidianos y lo hace con mucho respeto, y las escenas de humor nunca caen en ridiculizar la ceguera.

Otro aspecto a destacar es la relación humano-perro, que es conmovedora. Me hizo recordar al modo en que Stapledon nos introduce al perro Sirio en la novela del mismo nombre. Sasha, el sharpei es un personaje más, el coprotagonista estelar del personaje principal de la novela.

Otro tema que surge, tratado con una sutileza maravillosa y profunda es la pérdida (debiera decir, mejor, pérdidas) sufrida por el protagonista. Se invocan sentidos, sensaciones poco habituales pero por eso mismo, que despiertan la memoria emotiva del propio lector.

Para mí la historia policial tal y como la desarrolla el autor ha sido un excelente y logrado pretexto para hablar de estos otros temas: la discapacidad, la pérdida, la relación humano-animal y, al final, de que lo importante es cómo decidimos vivir nuestro mundo.

Gracias Hernan Dominguez Nimo por haberme permitido disfrutar esta novela muy original en su tratamiento. Ha sido una gratísima sorpresa!



 

Los goznes de un vals

Allá por diciembre de 2004, habíamos salido con Mirta de joda de mujeres por el fin de semana. Por ahí cerca nomás, ya no me acuerdo si al Norte o al Oeste. O no me quiero acordar, quién sabe. Fuimos a una fiesta, una de esas de pueblo para elegir la Reina del Tomate, o de la Manzana Verde, o la del Postre Balcarce. No podían faltar la feria, el chupi y el morfi mezclado con chacarera o chamamé. Tampoco faltaban los levantes.

    En un puesto de salchichas, conocimos al Cowboy. Lo llamamos así porque llevaba un sombrero de ese estilo y actuaba como un Paul Newman de las buenas épocas. Con él, estaba un morochazo de acento salteño, camisa abierta sobre el pecho oscuro y lampiño. Se nos unió otro fulano, del que sólo supimos que era camionero, y cuya sonrisa desmentía su amenazadora desmesura. Con los últimos ecos de la fiesta, se ofreció a llevarnos de regreso a Capital; tengo que ir hasta allí a ver a mi nona, dijo. Si era cierto o no, poco importaba. Nos llevaría gratis, así que agarramos viaje.


Estacionamos a un costado de la ruta, delante de un parador de forma hexagonal, donde el techo se curvaba como el de una pagoda china. Sus puertas y las molduras de hierro eran blancas, con vidrios de colores. Adentro había un mostrador como los de pulpería, que en el medio tenía rejas también blancas, que iban hasta el techo y además separaban a los clientes.

    Detrás alcancé a ver el rostro de una chica medio en sombras. El Cowboy golpeó a la puerta. De adentro venía una música de kermesse, tal vez una radio estaba transmitiendo el final de la fiesta del pueblo del que veníamos.

    La chica vestía un pulcro delantal blanco estampado con rayas mostaza y verdes. Llevaba el pelo cuidadosamente trenzado. Había algo ausente en su modo de mirarnos. Hizo un gesto casual.

    —Hoy no atendemos.

    —Haga una excepción —dijo el camionero, sonriente—. Algo rápido.

       La chica asintió, con aire triste.

    Al entrar, el Cowboy sujetó la puerta con una piedra, para que quedara abierta y entrara el aire fresco. Hacía falta, el lugar olía a encierro.

    La chica subió unas escaleras que yo no había visto. Desde arriba nos llegaba un tenue resplandor, pero desde donde estábamos no veíamos ninguna lámpara. Mirta se dedicó a lustrar con los dedos las rejas de la barra.

    Mientras esperábamos, en el silencio de nuestro aburrimiento, lo único que oíamos era el leve chirrido de los dedos de Mirta subiendo, bajando y envolviendo una de las rejas.

    La chica volvió, con una maletita en la mano. Y nos sonrió, detrás de la barra y de las rejas. Nos puso unos botellones de vino y nos preparó unos bifes con ensalada. No hacía falta que los llevara a la mesa, comeríamos en la barra.

    Por parecer indiferente o para cortar el silencio que se estaba volviendo incómodo, le pregunté a la chica si hacía mucho que trabajaba allí. Asintió.

    —Me llamo Kitty —dijo. Tenía una voz apagada, triste.

    —Nombre bien criollo —murmuré para mí misma, sin hacer mucho caso a las manos del camionero, que ya me estaba sobando la espalda y el culo.

    El Cowboy se había puesto a jugar con el pelo rubio de Mirta.

    El ambiente empezaba a ponerse más interesante. El salteño miraba fijamente a la chica del mostrador, con una sonrisita algo irónica. Había quedo solo, mirándonos detrás de su jarro de vino.

    El camionero me susurró algo al oído y se fue al baño. Mirta seguía acariciando las rejas de la pulpería con los dedos, mientras el Cowboy la apretaba desde atrás, susurrándole algo. Ella parecía más interesada en las rejas que en el tipo. O tal vez miraba la caja registradora antigua: le encantaban esas cosas cuando íbamos al Mercado de Pulgas.

    Noté que Kitty la miraba y sonreía, tal vez adivinando la trayectoria de la mirada de mi amiga, tal vez al oír la insustancial charla de ese varón en celo en sus torpes intentos de seducción. A qué se gastaba tanto ese tipo, si ya sabíamos donde íbamos a terminar. Yo comía el bife, bastante insulso por cierto, mientras esperaba al camionero, que se demoraba en el baño. Me entretuve en contemplar la pulpería. La forma hexagonal se repetía en el interior. Las maderas de la barra se repetían en las mesas; las ventanas tenían molduras y sus vidrios eran vitrales. El piso era de cerámico, no recuerdo el color. En las paredes había fotos viejas, como de principios del siglo veinte o aún daguerrotipos del siglo diecinueve. Todo más pulcro que un museo. Las paredes también eran de madera, pero pintadas de blanco. El sitio parecía más inglés que criollo.

    Las voces se fueron apagando. Un chirrido como hamaca, me recordó a una calesita desvencijada, empezó a dominar el ambiente. Y me encontré mirando a Kitty que salía por la puerta camino a la ruta. Noté que su ropa también era de época: un vestido blanco lleno de volados debajo del delantal. Su trenza contrastaba contra la tela clara del vestido. Y la maletita también se veía antigua.

    El camionero regresó y me distrajo de ese ensueño con su contundente, imperativa presencia.

    —Arriba hay cuartos —me escupió vino al oído.

    Volví a oír la radio —no me había dado cuenta de que la habían apagado—. Sonaba ahora una música suave, bastante antigua, un valsecito criollo o algo así.

    Me sacudí la modorra de encima: claro, a eso habíamos ido, a tirarnos canas al aire. Dejé que el camionero me llevara escaleras arriba hasta una sala con una mesa grande de madera cuya tapa de vidrio transparentaba granos de diversas clases. A falta de cama, eso serviría. Poco convencional y, por eso mismo, prometía diversión.

    Estábamos en los preliminares, cuando oímos un portazo. El viento habría cerrado la puerta de abajo. Volvió el silencio. Y con el silencio empezó a caer una levísima capa de polvillo sobre todas las cosas, que ahora se veían sepias. La mesa de vidrio fue la única cosa moderna en ese cuarto.

     Voy a ver, nena, esperame acá. No te vayás.

    Negué: no me iba a ir. Percibí algo denso en ese silencio. Oí sólo los pasos del camionero bajando las escaleras: nítidos y precipitados.

    Algo se cruzó por el rabillo del ojo, y di un respingo: se había abierto una puerta interior. Y ahí, en el umbral, había una chica. Muy flaquita, vestida de blanco como Kitty, con medias blancas y ballerinas negras. El pelo también negro le caía en ondas a los lados. Y sus ojos eran pura tristeza. Se me acercó y se sentó en el sillón junto a la mesa de madera y vidrio.

     ¿Kitty se fue, verdad?

    Asentí. Miré hacia la puerta que daba al pasillo. ¿Qué pasaba con el camionero que no volvía?

     ¿Vos no vas a irte, verdad? —la chica me susurró. Su voz sonó tan descolorida como ella misma.

    Oí pasos en la escalera. Giré y vi a Mirta. Jadeaba, abrochándose la camisa.

     El hijo de puta robó el camión. Tiró a la vereda al salteño, que ni así se despertó de la curda. Será puto el Cowboy ese.

    Con la mirada, pedí disculpas a la chica. Vi de refilón su sonrisa triste mientras me acercaba a Mirta.

    Tu amigo el camionero nos está esperando para ir al puesto policial, a dos kilómetros de acá.

    Mirta no advirtió la presencia de la chica flaquita, por alguna razón tampoco se la nombré. Bajamos juntas. El camionero le daba sopapos al salteño para despertarlo.

     No hay un puto teléfono. ¿Tenés tu celular?

Miré mi teléfono móvil.     

     Está fuera de servicio —informé—. Lógico, estamos lejos. No iba a gastar en ponerle roaming, es muy caro. Total… ¿adónde íbamos a llamar? Eso es para ejecutivos o viajantes que llaman a todo el país.

     Hagamos dedo —sugirió Mirta—, alguien nos va a levantar. Son dos kilómetros hasta el puesto policial. Este lugar no me gusta ni un poco. Para mí que esa mina rara se combinó con el Cowboy para robar el camión.

    Se refería a Kitty, a la otra ni la registró.

 Es probable —dijo el camionero, masticando la bronca.

    Sin que los otros se dieran cuenta, dejé en el mostrador el pago de nuestra cena

    Salimos hacia la ruta, demasiado vacía para ser las nueve de la noche. Tampoco recordaba que fuera tan angosta. A lo lejos se adivinaban unas luces. De alguna ciudad, pensé.

    Luego de hartarnos de caminar por la banquina, sin ver ningún puesto policial, llegamos a un pueblo. Por el camino sólo nos habíamos cruzado con un carro de basura tirado por caballos. En la entrada del pueblo había una pulpería muy similar a la que habíamos dejado. El camionero nos dijo que iba a buscar la comisaría, que el salteño y nosotras lo esperásemos en ese local.

    Allí dentro había un solo parroquiano: Kitty. No pareció inquietarse al vernos. Buscamos en los alrededores. Pero del camión, ni rastro.

    Mirta se quedó en el mostrador y golpeteó suavemente una de las rejas tubulares con una mano. Con los dedos de la otra mano hacía movimientos repetitivos sobre una reja plana. Kitty la fijamente, como hipnotizada. Luego pagó, saludó con la mano y se fue.

    Quise seguirla, pero sentí que el cuerpo me pesaba, el cansancio de la caminata me había quitado las ganas de moverme.

    Una mujer apareció atrás de una puerta de vidrio. Era idéntica a la chica flaquita que yo había visto en el piso de arriba de la pulpería que habíamos dejado atrás. Me sonrió, triste.

     No tenemos mucho para ofrecer —comentó, con voz suave—. Sólo agua y un poco de queso y dulce.

    Hambre no teníamos. Un café, si era posible. La mujer hizo que sí con la cabeza y se metió en la cocina. Desde ahí nos llegaba una musiquita, un valsecito otra vez.

    Todo en el local estaba bajo una finísima capa de polvillo. La luz era pobre y daba un matiz sepia. En cambio, las fotos de las paredes eran más recientes: una niña de ojos grandes, muy parecida, caí en la cuenta, a la que nos servía el café; una carreta gaucha con unos bueyes y un gaucho con chiripá y poncho, en pose.

    La mujer de detrás del mostrador me sonrió. Mirta miró para la puerta.

     El camionero no viene. Otro que nos largó en banda. Que lo tiró a los hombres.

     Ya viste cómo son en la cana: deben estar haciéndolo esperar en la comisaría.

     Psé. A lo mejor. Igual ese te tiene ganas a vos.

    Nos reímos. La caminata al aire libre nos había despejado la curda.

     Después de todo, no estaba tan bueno —dije—. Seguro que encontró otra mina y se la tiró por ahí.

    Me sentía demasiado cansada como para indignarme. Sólo unas palabras para mantener a salvo la dignidad, con un adecuado fruncir el ceño y un gesto escéptico.

    El salteño no prestaba atención a nuestra conversación. Miraba por la ventana. Los vidrios de colores volvían todo borroso. Había ahí un animal. ¿Un perro? Sí, un perro casi tan grande como un caballo. Negro. Era uno de esos mastines de campo, que mejor no te agarre caminando sola: ni a piedrazos los alejás. ¿Qué inquietaba al salteño, sería el perro? No parecía del tipo de hombre asustadizo.

    El perro nos miraba con el morro pegado al vidrio de la ventana. Recién entonces vi que a su lado había un hombre vestido de blanco, con un gorro de cocinero. Le sobó el lomo al mastín y entró. Tenía el rostro apergaminado, también muy flaco, de manos huesudas. Le clavó los ojos al salteño. Este le devolvió la mirada, en silencio. El mastín entró detrás, y olisqueó al salteño, al que fue arrinconando contra la barra.

     Su pedido, señoritas —dijo la mujer de la sonrisa triste.

    Mirta salió de su ensueño y pagó la consumición. El café sabía a rancio, demasiado amargo. Lo dejé ahí, en la taza. Mirta, haciendo ascos, lo bebió. El tipo de blanco se interpuso entre nosotras y el salteño.

    Sumidos en el cansancio, callamos.

    El salteño nos hizo una seña de que saliéramos.

    El tipo de blanco apoyó una mano en el hombro de nuestro compañero y lo sacó fuera. El mastín lo siguió y se echó en el suelo, delante de la puerta. Mirta se dispuso a seguir a los dos hombres, pero el mastín le gruñó. Toda negociación parecía imposible ante los persuasivos colmillos de aquel perrazo negro.

    Mis pies se negaban a trasladarme. Volví la mirada hacia la mujer triste. La luz del local titiló, y la tensión bajó, trayendo un poco más de sombras.

     Kitty consiguió irse —la oí susurrar. Parecía estar hablando sola, me limité a escucharla—. Ella se fue —insistió—. Pudo irse.

    Inclinó la cabeza, y entonces me pareció encontrarme ante una figura frágil, de cristal. Incluso por momentos la percibí translúcida. Un efecto de la poca luz ambiente, pensé. Miré alrededor: el perro acechaba en la puerta, Mirta se volvió a sentar en la barra y miró el reloj.

     No funciona. Andá a saber qué hora es.

    Era cierto: mi reloj tampoco funcionaba, y menos mi celular.

    Me acerqué a una de las ventanas: no se alcanzaba a ver la carretera. Ni se podía oír si pasaban coches. El salteño se había sentado afuera en una silla, la cabeza le caía hacia atrás, como si se hubiera dormido.

    Vi de nuevo al tipo de blanco, traía una carretilla. Se detuvo junto al salteño, lo levantó y lo depositó en la carretilla. Parecía mentira que ese tipo de blanco, tan flaquito, hubiera podido cargarlo. El salteño ni se despertó, sólo se le ladeó la cabeza. Entonces la vi: una línea oscura atravesaba su cuello y le empapaba la camisa amarilla. Ahogué un grito.

Como respuesta, un gruñido perruno me hizo volver la vista al interior del local. Mirta me miraba, temblando: el mastín, casi tan grande como ella, la aplastaba contra la barra con sus patas delanteras.

La mujer de la sonrisa triste dio la vuelta a la barra y acarició el lomo del animal.

     Dejala tranquila. A la cucha, Negro.

    El animal respondió al influjo de la voz suave de la mujer y salió por la puerta.

 ¿Por qué gritaste? —preguntó Mirta, ya aliviada.

    La presencia de la mujer triste frenó toda explicación. No sabía si sería cómplice del tipo de blanco o no. Esperé a que se metiera en la cocina, y recién ahí le expliqué a mi amiga lo que había visto.

    Mirta se puso blanca como un papel.

     Vámonos —insistí—. Vámonos ya mismo. Este sitio es demasiado tétrico.

     ¿Y el perro?

     El perro ya se fue… —dije.

    Dejé salir a Mirta primero. Caminamos hacia donde recordábamos que estaba la ruta. Doblando por el costado de la pulpería, nos topamos con el tipo de blanco, que traía un bidón en la mano. Mirta sonrió unas disculpas y apretó el paso.

     ¿Ya se van? —dijo él, con una voz grave, incluso agradable.

    Evité mirar su rostro arrugado: esos ojos fijos me desasosegaban.

     Si, ya cenamos —dijo Mirta, tratando de sonreír y parecer serena—. Gracias.

    Por toda respuesta, el hombre silbó.

    Un relámpago oscuro se abalanzó sobre Mirta, tirándola al suelo: el mastín negro le soplaba su aliento sobre la cara.

     Me parece que Negro no quiere que se vayan —sonrió el hombre. Su sonrisa no era tranquilizadora.

     Está bien, no nos vamos —dije.

    Otro silbido, y el perro se apartó.

    El hombre de blanco ayudó a Mirta a ponerse de pie.

    Ella apenas podía sostenerse, sus rodillas chocaban entre sí.

     Bienvenidas a nuestro hogar —dijo el hombre, con una mueca que me sonó a cínica.

    Volvimos a la pulpería y nos sentamos a la barra de nuevo. ¿Dónde estaba el camionero que no volvía?

    El hombre de blanco apoyó el bidón sobre la barra, allí donde no había rejas. La mujer lo recogió con dificultad y lo llevó a la cocina.     

    A falta de otra cosa qué hacer, observé a nuestro... ¿captor?

    Sus pantalones blancos se veían holgados en las botamangas. Incluso parecían volados, no estaba segura. La camisa también era blanca, sin cuello. Por encima llevaba un delantal manchado, con la pechera color mostaza y verde. Igual al de Kitty.

    Los ojos del hombre eran de un gris muy lavado, inexpresivos. Los labios finos eran pálidos y la piel un pergamino. Nos miraba sin expresión, tampoco había amenaza. Tan sólo la seguridad de que le obedeceríamos.

    Con Mirta nos miramos fijo: ¿qué gente era esa?

    Otra vez ese sonido de chirrido de metal, como el que hacen las calesitas viejas.     

    La mujer triste sirvió una copa de vino al hombre de blanco, y ambos se susurraron algo que no alcanzamos a oír.

    Miré hacia la puerta: el mastín, aunque ahora parecía dormir, guardaba la entrada y la salida.

    Gobernar perros no era mi fuerte, así que ni lo intenté

    Quedamos en silencio, comiéndonos nuestro miedo, mientras el aire se llenaba de ese ruido a gozne chirriante.

    El hombre de blanco nos observó detenidamente.

    Ella necesita descansar. —Señaló a la mujer—. ¿Quién de ustedes dos se ofrece a sustituirla?

    Miramos sin entender.

    El hombre acercó una de sus manos huesudas a la cara de Mirta.

 ¿Vos, verdad? Negro te quiere. ¿No vas a desairarnos, verdad?

    Mirta sudaba. Murmuró un sí.

 Sabía que ibas a entender. Seguila, ella te va a enseñar las cosas.

    Me pareció que Mirta iba a llorar. Pero se rehizo y se fue detrás de la barra con la mujer triste.

    Quedé sola con el tipo de blanco.

    ¿Dejarás a tu amiga con todo el trabajo? ¿O la vas a ayudar?

    Miré para afuera, por encima del mastín: una luz muy lejana, como de faros de coche, se acercaba.

    Oí pasos leves a mis espaldas. Me di vuelta. Mirta, con un vestido blanco y un rodete del estilo que se usaba en 1910 o por ahí. Su cara estaba pálida de miedo y las manos le temblaban mientras recogía las tazas y las llevaba a la cocina.

    El coche se acercaba, los faros iluminaron la entrada, el mastín se levantó, ladró y corrió hacia el coche.

    El hombre de blanco había desaparecido. Solo veía la luz de los faros entrando por los vidrios. Mirta…, pensé. ¿Dónde estaba Mirta?

    Las luces empezaron a desviarse y la tenue penumbra a volver. El perro seguía ladrándole al coche. Sentí una presencia a mi lado, me di vuelta: una forma translúcida, vagamente humana, iba solidificándose a medida que las luces se alejaban.

    No lo pensé dos veces: salí corriendo, antes de que el mastín me viera. No tenía tiempo de buscar a Mirta, ya el coche se estaba yendo por la ruta y todo volvía a estar en penumbra. Los ladridos se me acercaban.

    Corrí sin mirar atrás en dirección a las luces. Desde ahí se me acercaba una figura alta, maciza: el camionero. Me abracé a él, señalando al mastín que se nos aproximaba.

     Vámonos

    ¿Y tu amiga?

     Vámonos, por favor. Sin preguntas, después te explico.

    El camionero asintió, y corrimos hasta alejarnos bien del mastín.

    Las luces de la carretera ampararon nuestra caminata, mientras le explicaba al camionero todo lo ocurrido.

    Caminamos en dirección a la Capital, él conocía bien la ruta. Me confesó que nunca había visto esas pulperías en el camino. Que la policía había tomado a desgano la denuncia y que no tenía esperanzas de recuperar su camión.

    Nos pusimos a especular sobre qué clase de locos eran esos de las pulperías. Discutimos si debíamos dar parte del asesinato del salteño y cómo liberar a Mirta de esos locos. Hicimos muchos planes, pero era seguro que sería muy difícil que nos creyeran.

    Me sentía muy culpable de haber dejado a Mirta en aquel lugar. Pero al irme no la vi, me justifiqué.

    Era de mañana ya cuando llegamos a otro pueblo. Había varios cafés, un banco, algunos negocios ya abrían y alguien tenía prendida la radio. Nos dolían los pies; el camionero me invitó a un desayuno.

    Vimos un café bastante bonito lleno de avisos de promociones: desayuno light, desayuno exprés, desayuno clásico. En las ventanas había rejas, como en todos los negocios de esa zona: allí el delito era más que común. Como hacía calor, las ventanas estaban abiertas.

    Desde afuera vi una mano blanca, saliendo de una manga con volados. Con un movimiento repetitivo, hipnótico, acariciaba una de las rejas. La poca luz interior me dejó ver el rostro: Kitty.

    En el aire sonaban el chirrido de una calesita y los goznes de un vals.


(c) Tatiana Carsen, 12 de Octubre 2004. 

 
NOTA: Este cuento fue publicado en la antología New Weird "Pasadizo a lo Extraño" compilado por Teresa P. Mira de Echeverría y donde comparto el espacio con otros escritores muy excelentes. Ese libro fue publicada en 2018 y surgió (otra vez más) de un sueño o pesadilla que tuve. De alli aparecieron los lugares del relato y el personaje de Kitty y el hombre con el mastín. Espero que les haya gustado!

domingo, 17 de diciembre de 2023

Combate Invisible


 

Combate invisible

por Gaiane Turian

 

El despertador y el ruido de los camiones repartidores que a esa hora estacionaban pegados a mi ventana terminaron por despertarme.

De reojo y desde la cama, alcancé a leer los titulares del diario que estaba junto a mi cartera en el piso: la acostumbrada ración diaria de catástrofes, gloriosas victorias deportivas y corruptelas. Miré el reloj de la cocina: no me alcanzaría el tiempo para leerlo. Puse radio, mientras me cebaba unos mates y me vestía volando para correr al trabajo.

Aunque no presté mucha atención al locutor, oí que hablaba sobre las bajas en alguna guerra civil en un país de nombre exótico. Demasiado ruido de camiones, y ya empezaban las bocinas del tránsito.

8:30 marcó el reloj.

 Salí corriendo, a tiempo de ver doblar el colectivo por Montes de Oca.

En la oficina, me esperaban un montón de expedientes para cargarlos al archivo.

Prendí la computadora. En el escritorio no apareció ningún ícono. A punto de reiniciar, vi titilar unos caracteres ámbar, que brillaron. Y se desplegó una planilla totalmente desconocida, llena de renglones, cuadros y recuadritos.

        HOJA DE VIDA

        PARA PODER SEGUIR REGISTRANDO LA HOJA DE SU VIDA, LLENE CADA CASILLERO.

Seguro que uno de mis compañeros había metido mano en mi trabajo. No era la primera vez que alguno de estos estúpidos contaminaba la computadora por poner un jueguito para sus horas de aburrimiento sin jefes a la vista.

Quise cortar ese programa. Pero…, ¿de dónde había salido esa planilla tan antigua? Presioné ESC. Nada. La pantalla seguía ahí:

         HOJA DE VIDA

Revisé el disco duro con un detector de virus de última generación. Aparentemente limpio. Estuve unos buenos minutos toqueteando teclas de aquí y de allá, pero todo fue inútil: la pantalla no cambiaba.

Apagué la computadora y volví a encenderla: ahora sí tendrían que aparecer los íconos habituales. Inútil. La pantalla volvió a desplegar aquella HOJA DE VIDA. Presioné ENTER.

            PRIMER AÑO DE VIDA.

            ANTES DE CONTINUAR, COMPLETE CADA CASILLERO CON UNA X

¿A qué llamaría aquél programa "primer año de vida"? ¿Sería el primero después del nacimiento, o se contaba a partir de la concepción? Marqué X en el casillero.

TERCERA SEMANA.

ANTES DE CONTINUAR, MARQUE EL CASILLERO CON UNA X

Las manos me temblaron. ¿Por qué, de entre todas las posibilidades, tenía que marcar la Tercera Semana de vida? ¿Por qué el misterioso programa se interesaba por ese período de mi vida, y no por cualquier otro? Volví a presionar ESC. No hubo caso. Apagué de nuevo la computadora, y de los parlantes de la PC brotó una voz grave, salmodiando:

           OM PADMI OM - OM PADMI OM

Y de vuelta la molesta planilla. Las letras ámbar titilaban, como si se burlaran de mis vanos intentos por escapar de ellas. Ya me estaba poniendo nerviosa.

            TERCERA SEMANA...

Repitió la pantalla. El insistente OM PADMI OM, por alguna razón, me obligó a obedecer las órdenes de la computadora. Aunque mis dedos se resistían a moverse y a presionar tecla alguna. Y la voz insistió con su salmodio.

Presioné X en el casillero. Luego, ENTER.


Oscuridad. Silencio. Flotaba en un mar sin límites, en medio de la oscura nada. El aire no me llegaba ni a la nariz ni a la boca. ¿Cómo respiraba entonces en ese medio líquido? De algún modo, estaba viva. Me agité en espasmos, con movimientos nuevos y a la vez extrañamente familiares.

¿Qué es este océano?, pensé. ¿Cómo llegaquí?

Nada perturbaba ese silencio oscuro. Y yo respiraba con regularidad y con calma.

El silencio era un envoltorio acolchado y acuoso, que se me adhería.

Lenta, muy lentamente, fui siendo consciente de que era muy muy pequeña. Ya no tenía ni pies ni manos. Era poco más que un renacuajo. A eso no podía llamarlo cuerpo. Flotaba dentro de una tenue envoltura sin tiempo.

Empecé a oír un lento y rítmico bum-bum.

Poco a poco algo cambiaba. La misma voz grave de la computadora resonó en esa oscuridad: OM PADMI OM. Entonces supe dónde estaba y qué era exactamente ese oscuro y protector mar.

Algo vino de alguna parte. Me atacó, metiéndose en cada resquicio de mi débil forma, en cada una de mis células, de mis moléculas. Temblé y temblé, como una gelatina. El tranquilo mar me aplastaba ahora. Quise gritar, quise salir de ahí, pero no fui capaz de hacer otra cosa que sacudirme en violentas convulsiones.


Abrí los ojos. La pantalla de la computadora seguía mostrando:

           TERCERA SEMANA DE VIDA...

Seguía llamándome. Y yo no quería regresar a ese mar. Presentía lo que pasaría si obedecía.

 Estaba por apagar la máquina, cuando la voz grave resonó en mi cerebro: OM PADMI OM. Mis dedos respondieron antes que mi conciencia: teclearon.

De nuevo estaba flotando. Ahora era un convulso revoltijo. Un puro temblor. Mientras, aquello que me había atacado, ahora dueño de mis células, lastimaba cada parte de mí. Sólo podía estremecerme, sin más defensa que la de dejarme llevar por la fiebre. Aquello me retorcía ahora en dolor.

¡Quiero salir!, grité con mi mente.

 Y sentí como si mi protocuerpo se hundiese en un mar aun más tenebroso y más negro que el que me rodeaba. Esa cosa estaba haciéndome pedazos, quería terminar conmigo, desgarrarme, devorarme o destruirme. Yo empezaba a morir.

 

Parpadeé. La computadora volvía a estar ante mis ojos. Me miré las manos: tenía los puños apretados y los nudillos sobre el borde del teclado. El reloj pulsera marcaba 12:00. Tenía el pelo húmedo y apelmazado sobre las sienes y en la nuca. El sudor bajaba por mi espalda y se deslizaba entre mis senos. La ropa, completamente empapada, se me adhería. Como al despertar de una noche febril.

Vi por fin los íconos en pantalla.

Respiré aliviada, más relajada: ¡La extraña planilla había desaparecido! Me quité los anteojos y me restreg los párpados.

¿Anteojos? Tuve conciencia del peso de su armazón en mis dedos. ¿Desde cuándo yo usaba anteojos? Me recosté contra el respaldo de la silla.

Ya no oía la voz que salmodiara gravemente su OM PADMI OM. Pero los ruidos de la oficina tampoco eran claros: el timbre del teléfono y las conversaciones de mis compañeros sonaban extrañamente apagados. La rutina de todos los días. Nadie parecía haber notado nada.

Me acaricié los brazos: estaba viva. Y esto no era ilusión.

 Sin pensarlo, me toqué las orejas. Sentí el contorno de unos audífonos. ¿Audífonos? Si yo siempre oí perfectamente.

Sentí un frío tan grande... Constaté que si bien aquello no pudo disolver mi existencia, sí pudo dejar secuelas.

Me rasqué los ojos, y miré de nuevo la pantalla: los íconos habituales seguían allí.

Vencí, quise consolarme. Después de todo, volví. Pero estaban, impresas en mi carne, las heridas de un combate invisible.

Nada había cambiado en la oficina, al menos en apariencia. La pila de expedientes seguía apilada a mi derecha, con los tildes en rojo que señalaban los que ya había ingresado.

 ¿Quién iba a creerme lo sucedido?

Llamé al analista de sistemas de la empresa. Él buscó y rebuscó dentro de los archivos de la computadora. Nada anormal. Nada parecido a una HOJA DE VIDA. Me miró un poco perplejo, sin entender qué me pasaba. No le insistí. Al fin y al cabo, ¿podría cambiar algo?

(c) Gaiane TURIAN. Buenos Aires, 1993. Reversionado el 20 de junio de 2018.

 

NOTA Este relato surgió a partir de un sueño muy particular que tuve a partir de la lectura de la historia natural de la infección por virus de la rubeola en mujeres embarazadas y tiene un contenido fuertemente autobiográfico pues yo tuve rubeola en la tercera semana de mi gestación, y esto es lo que está por debajo de su envoltura fantacientífica. Leerlo les ayudará a conocerme un poquito más.

 Este relato está también disponible en el portal Ficción Científica

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