domingo, 4 de febrero de 2024

Saco de frutas, lápices acuarelables


 Estre trabajo de 7x14 está realizado en lápices acuarelables sobre papel Berlín para acuarela. Fue realizado para tarjeta con motivo de las fiestas y forma parte de una serie con motivo de bodegones con frutas.

Ojo de Agua (Relato)

 
 Pintura del monte de Santiago del Estero del pintor de esa provincia, Hugo Argañaras (imagen obtenida de este enlace: https://www.diariopanorama.com/noticia/462968/hay-respetar-naturaleza-amar-al-paisaje-santiagueno(
 

No sé por qué me puse a pensar en el caramonchón, ese bicho de las lagunas de agua turbia del desierto de Santiago del Estero. Dicen que se come a la gente que trata de ver su propio reflejo en esas aguas opacas. ¿O esa era la historia de Narciso? Qué sé yo. No me acuerdo. Mejor agarro el mate y camino para el fondo del terreno, atrás del rancho. Y de paso suelto las cabras. Pulgar me sigue, hasta que pasamos cerquita del ojo de agua.

Como dicen por ahí, mejor revuelvo la bombilla para que el caramonchón, o Narciso, o como se llame, no pueda verme en el agua empozada del mate.

Pulgar lambetea el ojo de agua. Lo dejo, total, los perros no se fijan en su propio reflejo, ¿o eso era con los vampiros?

¿Qué le pasa a mi memoria hoy, que divago y todo se me mezcla?

Nada. Me siento en el tronco quemado del árbol. Con mi mate de calabaza a medio tomar, miro la miseria de ojo de agua que apenas sirve para sacar la sed de mis dos cabras y de mi perro. Ahí no cabe ni un ramo de narcisos. Ni siquiera un tentáculo del caramonchón.

Hace mucho sol, pero estoy acostumbrado. Dejo el mate en el suelo y me prendo un cigarro. Me quedan dos nomás, tendré que ir al puesto a conseguir más tabaco suelto, que ahí es más barato.

Me gusta mirar a través del humito del cigarro. Las cosas se ven distintas entre los tirabuzones de humo, parecen bailar con sus ondulaciones y tienen, no sé, un algo especial.

El agua del charco también ondula. No, no puede ser. Seguro me pegó demasiado el sol. Seguro.

Pero estoy tan tranquilo, que ni me muevo. Además, es nada más eso: un poquito de viento. O a lo mejor un pájaro bajó en picada, y no alcancé a verlo.

El agua se mueve más ahora. El charco se abomba para arriba como una pelota. Redondo como una pelota. No, miento: se parece más a un huevo de gallina, aunque demasiado grande.

No me doy cuenta de si eso es agua, si es algo debajo del agua que asoma o qué carajo es.

Pulgar ladra como loco. Lo acaricio, mientras miro fascinado entre el humito del cigarro, cómo el agua se convierte en una boca llena como de fideos. No. Más bien parecen flecos de carne.

Tendría que salir cagando de acá, pienso. Pero no me muevo. Porque esa boca se vuelve una cara, y empieza a tener mis ojos, mis mejillas, mis orejas algo salidas, mis crenchas despeinadas.

De ninguna manera tengo yo una barba hecha con flecos de carne. No señor, de ninguna manera.

Debería estar muerto de miedo. Pero, cómo voy a tener miedo de mí mismo.

Es más, tranquilo, me levanto y me acerco a la orilla del charco, sin soltar el mate.

Mirá que es sabido, ¿eh?, me digo. Es sabido que no hay que mirarse en los charcos. Pero yo voy y me acerco. Porque es un espejo raro ese que me muestra mi reflejo con pinta de bicho de mala película de terror.

Y como me pasa cuando miro esas películas malas, me río. Me río como loco. Y el charco con el reflejo de mi cara se ríe igual que yo. Los dos nos reímos al mismo tiempo, claro.

¡¡¡Lalo!!! —oigo la voz de mi Marilda que viene como de muy lejos—. Lalo…, ¿dónde estás?

No le hago caso. Estoy muy ocupado en tocar los flecos de la barba de carne del Charcobicho. Es como si yo mismo tuviera una barba de carne o de chinchulines o de tripas.

Empiezo a tener miedo. Ahora sí…

***

¡¡¡Lalo!!! Lalo…, ¿dónde estás?

Marilda mira a un lado y a otro del rancho. También busca en los alrededores.

Habría jurado que había visto hacía media hora a su marido cebándose unos mates detrás del patio del fondo.

Pulgar está insoportable, ladra sin parar.

Ella se le acerca. El perro ladra delante del ojo de agua. De don Lalo quedó el mate de calabaza tirado en el suelo y la bombilla medio enterrada.

Juraría que lo vi por acá —dice Marilda.

Mira el charco, no sabe por qué. El agua está quieta, demasiado quieta.

Y sin que nadie se lo diga, ella sabe. De la misma manera, sabe que aquello no es la clase de cosas que se le cuenta a la Policía, porque todos van a creer que don Lalo se fue con alguna chinita de por ahí. Nadie le creería que se lo llevó el caramonchón. Son cosas que una sabe, pero se las guarda, piensa Marilda.

  

(c) Tatiana Carsen, Buenos Aires, 2018.

Jarro Mug Peces


 

Pieza de cerámica o porcelana con motivo de pececitos de colores ros, verde o celeste a elección. Se puede hacer pedido indivudual o juego de varias tazas.

Saco de frutas, lápices acuarelables

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